Qué se rompe en tu programa de concienciación cuando se va quien lo llevaba

Invernadero de noche con las líneas de riego funcionando solas sobre las plantas, y en el piso un taburete vacío y una regadera de metal apoyada.

Qué se rompe en tu programa de concienciación cuando se va quien lo llevaba

Hay una conversación que se repite en las implementaciones y siempre empieza parecido. Del otro lado hay alguien que acaba de heredar un programa de concienciación, pide acceso a una plataforma que no configuró y descubre que la cuenta de administrador está a nombre de una persona que ya no trabaja en la organización.

La escena de fondo es conocida. Renunció quien sostenía el programa, la búsqueda del reemplazo va a demorar unos meses y en el medio hay que decidir qué pasa con el plan. Nadie decide suspenderlo. Simplemente deja de aparecer en la lista de tareas de alguien.

El costo se ve más tarde. Cuando llega la auditoría y se pide la actividad del período, hay un tramo sin nada. Ese hueco no se explica con un organigrama, y es exactamente lo que quien audita va a marcar.

La continuidad del programa de concienciación es la capacidad de seguir asignando actividad y dejando registro aunque nadie lo esté empujando. Una vacante de tres meses es la prueba más honesta que existe de si tu programa la tiene.

¿Qué se cae cuando se va la persona que llevaba el programa?

Conviene separar tres capas, porque se rompen en momentos distintos y se arreglan de maneras distintas.

La primera es la operación. Alguien arma las campañas, revisa quién no completó, contesta el correo del área que pide una prórroga. Es la capa más visible y la que todos asumen que se resuelve repartiendo el trabajo entre los que quedan.

La segunda es la titularidad técnica. La cuenta de administrador, el token que usa la integración con el tablero de la dirección, la aplicación registrada en el proveedor de identidad, la dirección desde la que salen los correos del programa, los destinatarios de los informes automáticos. Todo eso quedó atado a una persona en algún momento de la implementación y nadie lo revisó desde entonces.

La tercera es la serie de evidencia. Cada mes en que el programa asignó algo deja un registro, y cada mes en que no asignó nada deja uno también, por ausencia. Esa serie es lo único que un tercero puede leer sin escuchar la explicación.

Repartir la operación entre el equipo, que es lo primero que se intenta, atiende la primera capa. La segunda no se nota hasta que algo falla. Y para cuando falla, la tercera ya tiene el hueco.

¿Por qué repartir la tarea entre el equipo dura dos semanas?

El reparto informal funciona mientras el tema sigue fresco. Después empieza a competir con trabajo que sí tiene dueño, y pierde siempre.

Un incidente de seguridad tiene quien lo reclame. Un requerimiento de auditoría tiene fecha. Una campaña de concienciación que no se envió este mes no genera ningún llamado. Nadie del negocio nota la diferencia, el área que iba a recibirla agradece en silencio y el indicador se mueve recién dos trimestres después. Es la única tarea del área cuyo incumplimiento no produce ruido en el corto plazo.

Lo que se pierde con el reparto no es solo actividad. Es el criterio. La persona que se fue sabía por qué ese grupo tenía una campaña distinta, qué acordó con el área de operaciones para no pisarle el cierre de mes y por qué había una excepción vigente. Quien llega a cubrir el puesto encuentra un período sin actividad y, sobre todo, sin las razones. Reconstruir eso lleva más tiempo que ejecutar el plan original.

El plan no se cae por una decisión. Se cae porque dejó de estar en la lista de alguien.

¿Qué parte del programa de concienciación puede seguir sin nadie detrás?

La que estaba automatizada antes de la vacante. Un programa automático de concienciación es un conjunto de campañas ya secuenciadas que se asignan solas a una audiencia durante un período de entre uno y tres años, con configuraciones generales y específicas que se definen una vez. Mientras haya audiencia, sigue asignando, con o sin alguien mirando la consola.

Ahí está la diferencia práctica con un calendario armado a mano. El calendario manual necesita que cada mes alguien lo ejecute. El programa automático necesita que alguien lo haya decidido una vez. Cuando esa decisión ya se tomó, la vacante afecta a la supervisión, no a la entrega. En SMARTFENSE ese es también el mecanismo detrás del Plan de cumplimiento que se ejecuta solo todos los días, que resuelve la misma pregunta desde el lado de la norma.

Hay una dependencia que sí conviene mirar, y es de dónde sale la audiencia. Un programa que se asigna solo sobre una lista que alguien actualizaba a mano se convierte, a las pocas semanas, en un programa que corre impecable sobre la organización del trimestre pasado. Quien entró durante la vacante no aparece en ninguna asignación, y el indicador sigue en verde porque el denominador también quedó viejo.

Si la importación de usuarios está automatizada contra el directorio corporativo, ese riesgo se va con la vacante. Si dependía de un archivo que alguien subía cada mes, la continuidad dura lo que dure ese archivo. Es el mismo mecanismo por el que las altas de empleados mueven el cumplimiento todo el año, agravado por no tener quién lo mire.

Conviene decir qué no resuelve, porque presentarlo como una respuesta completa sería vender humo. La automatización no negocia con un área que pide correr una actividad, no interpreta un resultado raro, no decide cambiar el enfoque cuando el contexto cambió y no atiende la excepción de la persona que estuvo de licencia seis meses. Todo eso vuelve cuando llega el reemplazo. Lo que la automatización garantiza es que vuelva sobre una serie continua y no sobre un vacío.

Tablero de llaves en una pared, con juegos colgados de casi todos los ganchos y uno en el que solo queda el contorno transparente de una llave que ya no está.

¿Qué quedó a nombre de una persona y no de la organización?

Esta es la capa que casi nadie revisa antes de necesitarla, y la que como CTO veo fallar con más frecuencia. Durante una implementación se crean cosas rápido, con la cuenta que estaba a mano, y esa cuenta suele ser la de quien lleva el proyecto.

Lo que conviene revisar, idealmente antes de que haya una renuncia sobre la mesa:

  • La cuenta administrativa y su casilla. Si el acceso está asociado a una dirección nominal que Recursos Humanos deshabilita el día de la baja, el programa pierde su administrador el mismo día que pierde a la persona.
  • Los tokens de las integraciones. Un token creado por alguien no deja de funcionar cuando esa persona se va, y ese es el problema. Sigue andando cuando ya no debería, hasta que alguien lo rota. Vale la pena revisar con qué credencial se autoriza cada integración y qué alcance tiene, que es la parte que desarrollé en qué deja de hacerse a mano cuando el programa tiene API.
  • La aplicación registrada en el proveedor de identidad. El certificado de firma tiene fecha de vencimiento y alguien tiene que estar mirando cuándo. Si esa fecha vive en el calendario personal de quien montó la integración SSO, el día que expire nadie va a poder entrar y nadie va a saber por qué.
  • La entrega de los correos del programa. La dirección remitente y las reglas que el equipo de correo configuró para que los mensajes lleguen suelen estar documentadas en el ticket de una persona. Cuando esas reglas se tocan por otro motivo, no queda quién explique para qué estaban.
  • Los destinatarios de los informes y las notificaciones. Si el informe mensual llegaba a una casilla personal, deja de llegar y nadie reclama, porque quien lo reclamaba era su único lector.
  • El contacto técnico ante el proveedor. Quién recibe los avisos de mantenimiento y quién puede pedir un cambio tiene que ser un rol declarado, no un nombre heredado.

La regla práctica es simple. Nada del programa debería depender de una casilla personal, y cada integración debería tener un dueño declarado que sea un puesto y no una persona. Sobre los datos, esa titularidad ya está resuelta por contrato, porque la organización es la responsable del tratamiento y conserva sus derechos sobre la información aunque cambie quien la administra, según lo que dejamos escrito sobre retención y residencia. Lo que no está resuelto por contrato son los accesos, y esos se revisan a mano.

¿Qué se mide?

Meses consecutivos con actividad asignada. Es el indicador que responde la pregunta real del trimestre, que no es cuánto mejoró el programa sino si el programa siguió existiendo.

Se lee de corrido sobre el calendario del año. Una serie sin cortes dice que la asignación no dependía de nadie en particular. Un corte de tres meses que coincide con una vacante dice lo contrario, y lo dice con una precisión incómoda.

Este indicador necesita un acompañante para no volverse trivial. Junto a los meses consecutivos hay que mirar el porcentaje de la dotación alcanzado en cada uno de esos meses. Sin ese segundo número, la continuidad se puede sostener asignando algo simbólico a un grupo chico, que técnicamente llena la casilla y no cubre a nadie. Es el mismo vicio que hace que un porcentaje de cumplimiento marque 100% mientras media organización queda sin formar.

Un corte no siempre es una falla, y el indicador solo no lo distingue. Si en marzo no se asignó nada porque se acordó con finanzas correr la actividad fuera del cierre, eso es una decisión y se explica en una línea. El problema aparece cuando el corte no tiene ninguna decisión detrás y quien podría explicarlo ya no trabaja en la organización.

Ante el comité, la declaración que corresponde es que el plan no se cayó durante la transición. Es una frase modesta y es exactamente lo que el trimestre tenía para dar.

¿Qué encuentra quien llega al puesto?

El traspaso real no es un documento que alguien alcanza a escribir en su última semana. Es el estado en que quedó el sistema.

La plataforma registra tres cosas distintas y las tres importan acá. Las acciones de los usuarios finales, con fecha y tópico de lo que completaron. Las acciones de los usuarios administrativos, como la creación o la eliminación de una campaña. Y las acciones de la propia plataforma, como el envío de correos, la importación de usuarios o la exportación de datos. Esos registros son detallados e inalterables, con protección anti-tampering, y alimentan reportes de auditoría listos para consumir por auditores internos y externos.

Para quien llega, eso cambia el primer mes de trabajo. En lugar de reconstruir de memoria ajena qué se hizo, puede leer qué se asignó, cuándo y a quién, y qué cambió alguien en la configuración antes de irse. Y cuando llegue la auditoría, tiene la respuesta a las preguntas que una planilla no contesta sin haber estado presente cuando ocurrieron los hechos.

La continuidad no se resuelve el día de la renuncia. Se resuelve antes, cuando se decide qué parte del programa depende de una persona y qué parte depende de la organización. Si quieres ver cómo se sostiene esa serie en la práctica, la sección de reportes y auditoría de la plataforma muestra qué queda registrado y con qué nivel de detalle.

Mauro Sánchez

CTO de SMARTFENSE, lidera los equipos de ingeniería y desarrollo. Especialista en materia de ciberseguridad e infraestructura, siendo el encargado de definir y concretar las integraciones y alianzas tecnológicas estratégicas de SMARTFENSE con diferentes soluciones. Más de 20 años avalan su experiencia en la toma de decisión e implementación de medidas de seguridad y tecnología.

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